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No tardó muchos días en llegar a donde llevaba la proa, con gran regocijo de todo el pueblo, cuyos moradores, y en particular los de mayor cuenta, salieron al recibimiento con la mayor solemnidad que el caudal de cada uno permitía. Lo primero que trató en tomando la posesión de su gobierno, fué dar traza en que fuesen algunos soldados a castigar los indios que habían asolado a la Serena. Y para comenzar a ejercitar el oficio, mandó reedificar luego la ciudad de la Serena, cometiendo esto al general Francisco de Aguirre, el cual lo efectuó, con grande exacción y castigo a los indios culpados, tan severamente que hasta hoy no se han tornado a rebelar.

Diego Ortiz de Gatica, veinte y cuatro de Para despacho, y a De suerte que aun el mesmo maestre de campo de Santa Cruz la desamparó, y aun Desta manera fué quemado el cacique Lindo, cual otro Alejandro Milesio por mano de los Laurentes en tiempo de Sila. Finalmente el indio fué muerto por su mandato añadiéndose esta crueldad a las pasadas, y abriendo camino a otra siguiente que diré luego; pero si ambición y codicia se unen para tirar de un corazón, nunca deja de brotar semejantes espinas.

Digo esto por engarzar el hecho que diré con el precedente, aunque ellos de suyo son tan uniformes, como originados en una misma oficina. Mas como le desamparasen como a difunto, y él viese a los verdugos algo apartados, levantóse con viveza de onza, y dio a correr con ligereza de venado. Y como a tal le echaron de nuevo al perro ya cebado en él y fueron en su seguimiento algunos de a caballo por orden del general, los cuales dieron menos alcance a su corrida que el mesmo general a su silencio. En resolución, cuando vinieron a perderle de vista, se hallaron dos leguas del sitio de donde partieron sin poder pasar adelante de puro cansados, no lo estando el atormentado que dejaron por muerto.

Este soldado fué a toda priesa a dar noticia del caso al general. A este tiempo llegó el general sabiendo de raíz el negocio, mandó que el alférez se curase sin salir de la prisión, y estando ya sano de la herida, trató de ejecutar su intento. Apenas hubieron salido, cuando mandó que el alférez se confesase, y le diesen luego garrote, sin ser bastantes para ablandar su rigor los ruegos de muchos caballeros de su campo; desta manera acabó sus días Rodrigo Jinoco. Yo a lo menos bien me acuerdo dello, y el señor del cielo no se olvida. No estaban los enemigos dormidos en este tiempo, porque de muchos años antes estaban persuadidos a que los españoles habían de hacer aquella conquista; pues habían visto que su designio no era otro sino gobernar toda la tierra; y así estaban prevenidos habiéndose comunicado y concertado todos los de aquellas provincias, como son la de Ñuble, Itata, Renoguelen, Guachimavida, Marcande, Gualqui, Penco y Talcaguano.

Para esto pusieron los ojos en un indio llamado Aynabillo, hombre esforzado y de gran prudencia experimentado en cosas de guerra y gobierno. Y como a tal señor le fueron todos a mochar, que quiere decir adorar, con las ceremonias que ellos usan poniéndole cierta insignia en la cabeza, y un cinto ancho por el cuerpo cuyos cabos besaron los principales, que entre ellos es lo mismo que besar la mano.

Toda esta gente era fortísima y membruda, y no menos arrojada que valiente; traía por teniente general a Villineo, indio de extraordinarios bríos, y por sargento mayor a Labapie; capitanes eran Pangue, Curilemo, Millequino, Chibilingo, Lupín, Lebonbin, Alcan, Paraygnano, Pilquenlovillo, Nabacón, Aibinquilapello y otros de mucha estima. Ya que los dos campos estaban aprestados para pelear, acordaron los enemigos de dar la batalla de noche, pareciéndoles que desta manera eran ellos mejores; y así acometieron con bravoso ímpetu a los nuestros, los cuales no fueron perezosos en salirles al encuentro, todos a caballo con lanzas y adargas, donde se trabó la batalla, de tal suerte que parecía día de juicio, así por la vocería de ambas partes como por el estrépito de las armas y ruido de los furiosos golpes que sonaban.

Anduvo desta suerte la cosa poco rato con grandes ventajas de parte de los enemigos, porque los caballos de los nuestros estaban muy tímidos con la noche y no osaban arrojarse, antes hacían traición, volviendo el cuerpo a cada paso. Comenzaron a desmayar con esto los cristianos y retirarse poco a poco.

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Grande rato de la noche anduvo la batalla con espantosa furia y sin aflojar punto de ninguna parte. Y así cada cual procuraba esmerarse en echar apriesa indios por tierra sin perdonar lance que le viniese. Al cabo de grande rato comenzaron los indios a aflojar así por el cansancio como porque veían la destrucción que en ellos se iba haciendo; la cual se echaba de ver por la diferencia que hallaban en el suelo en que andaban peleando, pues de campo raso se había tornado en escabroso barranco con los cuerpos muertos, y no menos resbaloso con la sangre que iba dellos y de los heridos.

Acudieron todos a su voz puntualmente, y respirando tantico dieron de nuevo sobre los enemigos con acometimiento tan gallardo, como si fuera gente que entraba de refresco.


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No quiero hacer aquí lista de los españoles que en esta batalla pelearon por no alargar este volumen, mayormente habiendo contado arriba algunos dellos, sólo digo que todos se mostraron tan españoles, cuanto lo dice el efecto. Muy regocijados y triunfantes quedaron los cristianos con esta memorable victoria y muy obligados a Dios Nuestro Señor y a su gloriosa Madre y Señora nuestra, por haber ganado tal empresa por la invocación suya, y por esta causa, habiendo de fundar alguna ciudad en aquella tierra que iban conquistando, fueron todos de parecer que tuviese de nombre la Concepción.

Hízose, en efecto, la dedicación de la ciudad a Nuestra Señora el primer día del mes de marzo del mesmo año de , usando de todas las ceremonias acostumbradas en semejantes fundaciones. Para esto envió a Juan Baptista de Pasten, que era genovés, hombre de buenas partes y cursado en cosas de la mar, y con él treinta soldados que sacasen los mantenimientos por la vía que pudiesen, los cuales se hicieron a la vela, habiendo primero hecho oración, la cual el gobernador mandó se hiciese, como también él mismo hizo por el felice viaje y próspero suceso. Viendo esta coyuntura, pareció a los españoles que entre tanta gente no podría faltar suficiente mantenimiento para recoger.

Y así se determinaron a salir a tierra para este efecto. Lo cual apenas fué sentido por los indios que vieron echar el batel al agua, cuando ya los indios hacían sus prevenciones para saltear a los que saltasen en su puerto. Viendo los indios que estaban emboscados la insolencia y robos de los españoles, salieron a ellos como perros rabiosos en el modo y en la razón como hombres justamente irritados, y acudiendo a una, acometieron con bravo ímpetu y vocería.

Luego que surgieron cerca della concurrieron con gran tumulto los indios de ocho pueblos que en ella había, los cuales, como llegasen a la. Apenas hubieron boqueado, que venían los indios así hombres como mujeres cargados de comidas, sin quedar niño que trajese otra cosa que regalos hasta ponerlo todo en los bateles. Verdaderamente todas las veces que me vienen a las manos semejantes hazañas que escribir, me parece que esta gente que conquistó a Chile por la mayor parte della tenía tomado el estanco de las maldades, desafueros, ingratitudes, bajezas y exorbitancias.

Qué habían de hacer los pobres indios que veían tal remuneración de los servicios de sus manos, sino emplearlos en las armas, acudiendo de presto a ellas y dando sobre los españoles, como toros, agarrachando, braveando con tal furia, que parecía los querían desmenuzar entre los dientes, como a hombres aleves y fementidos que con tales halagos y trapazas les llevaban sus mujeres, hijos y parientes.

Cógese en esta tierra mucho vino y trigo, y muchas frutas, así de las traídas en semilla de España, como de las de la tierra; había en esta comarca Viéndose los indios de todo el distrito en sujeción tan inusitada en su patria, no podían sosegarse ni contentarse hasta echar fuera a los españoles. Desta manera anduvo la pelea un rato con grande esfuerzo de ambas partes, estando muchos españoles con tanta inquietud, que les comían los pies por salir a lo raso, y muy en particular sentía estos estímulos el teniente general Jerónimo de Alderete, el cual no aguardando licencia del gobernador, salió de tropel con su escuadra de a caballo, y dio con gran ímpetu en los enemigos.

Recibieron mucho daño los enemigos en este lance, pero no por eso se desviaron de sus puestos por no desbaratar los escuadrones, lo cual dio ocasión a los nuestros para tornar a cargar las escopetas y artillería.

¿Cuántos caso de corrupción hay en Chile?

Finalmente, con la invocación de nuestro Criador y su gloriosa madre, y del bienaventurado apóstol Santiago, salieron los cristianos con la victoria, en la cual ultra de lo que mataron prendieron también muchos indios principales, y entre ellos algunos de Labapié, que es el lugar donde habían muerto a los siete españoles que iban en la galera, como se dijo arriba. A éstos le pareció al gobernador que convenía justiciar, y queriendo ponerlo en ejecución, les declaró como aquel castigo no se les daba por ser vencidos en la batalla, pues no es costumbre de los españoles matar a los que han rendido, sino por el atrevimiento que tuvieron en matar a los siete españoles que iban en la galera.

Yo te certifico, señor, que estuvimos largo rato a la mira para ver lo que buscaban, y si buenamente nos pidíeran de lo que teníamos para vuestro sustento, se lo diéramos liberalmente. Este fué el efecto desta terrible batalla en la cual murieron pasados de cuatro mil indios, los cuales estaban tendidos por el campo tan lastimosamente que era para todos gran compasión.

Esta era la primera enseñanza y ejemplo con que entraban entre esta miserable gente. Estando ya pacífica la tierra y asentadas las cosas, pretendió el gobernador que se fuese poblando de españoles, en cuanto la posibilidad de la gente alcanzase, y para dar principio a esto, envió a Jerónimo de Alderete, su teniente, con sesenta hombres de a caballo muy bien aderezados, a que viesen lo que había en la tierra adentro, tomando la noticia de las cosas muy por menudo.

De esta manera fueron los españoles pasando por aquellas tierras, donde vieron la casa fuerte de Arauco, y después la de Tucapel, que ambas son muy insignes, hasta que al fin llegaron a la fortaleza de Puren, que es el término destos estados. De allí pasaron a la provincia de Tabón, no menos fértil y hermosa que las pasadas, y tan poblada de gente que en sólo un lugar había catorce mil indios sin otros muchos que habían en su comarca.

Por todas estas tierras salían los indios, así hombres como mujeres, por los caminos a ver a los españoles, y estaban como abobados de ver tal traza de gente tan nueva y diferente de la de sus tierras, y no menos se espantaban los españoles de ver la lindeza de sus tierras, y multitud de moradores dellas, hasta que, finalmente, llegaron a la provincia de Cauten que era el fin de su designio.

El «reventón social» en Chile: una mirada histórica

Sobre todo esto, es tanta la gente natural della, que puesto un hombre en un lugar alto, donde puede divisar un largo trecho, no ve otra cosa sino poblaciones. No hay en toda la tierra indio pobre, porque todos tienen ganado, maíz y frutas de sobra. Son los indios muy bien agestados y de linda disposición, de cuerpos muy fornidos y bien hechos, y las mujeres blancas y hermosas; no hay entre ellos hombre flaco, y los rostros son de ordinario muy llenos y redondos, de suerte que en cualquier parte de las Indias se conoce luego el indio que es chilense solo por el rostro y talle, aunque esté entre otros muchos, y sobre todo, su hermosura excede la de los ojos, que son grandes de mucha gracia.

Toda esta tierra es muy llana, pero pasada esta provincia de Cauten es por la mayor parte montuosa e la que sigue, aunque no menos poblada y abundante. Viendo, pues, el gobernador que había gente para todo, dejó allí parte della, saliendo él mesmo con la gruesa de la gente a fundar poblaciones en los Estados, y pasando por todos ellos, llegó a Cauten sin contradicción alguna de los naturales, y hallando ser verdadera la relación que se le había dado de aquella tierra determinó de edificar en ella una ciudad que fuese cabeza del reino, con el cual intento le puso por nombre la Ciudad Imperial desde que puso en ella la primera piedra.

Apenas es explicable el regocijo de los que veían tal bendición de Dios a sus ojos, ni tampoco lo es el dolor que hoy tenemos viendo a esta desventurada tierra tan sumergida en el lago de la calamidad y tiniebla, que nos incumbe a todos la obligación de suplicar a NuestroSeñor con instancia ponga por su misericordia remedio a tantos males. Habiendo, pues, el gobernador poblado la Imperial y señalado los tributos con que habían de contribuir los indios, no quiso hacer encomiendas poniéndolas en cabeza de diferentes encomenderos, sino dejólo así por entonces, pareciéndole que su Majestad le daría a él título de marqués, y habiendo de tenerle eran estos estados lo mejor del reino para ponerlos en su cabeza y fundar en ellos su marquesado.

Hecho esto, se partieron todos muy en orden, y a seis leguas que anduvieron se descubrió una gran provincia llamada Tolten, tomando el nombre del río Tolten, que por allí pasa, el cual es muy caudaloso y corre entre unas peñas tajadas, altísimas, y así va muy recogida el agua y por consiguiente, con gran furia y profundidad; el nacimiento deste río es una laguna tan grande que tiene veinte leguas, o cerca dellas de circuito, de la cual sale el río con todo aquel ramal que lleva.

Yo Acuso Cronicas De Corrupcion A La Chilena; Carlos Neely

Viendo el gobernador el negocio mal parado, mandó juntar mucha paja de la tierra y cañas a manera de carrizo, y hacer destas materias algunas balsas en lugar que no las pudieran divisar los enemigos. Efectuose esto con grande diligencia de manera que apenas estaban hechas cuando a toda priesa las echaron al agua metiéndose todos en ellas y llevando del diestro los caballos, que iban nadando, lo cual se hizo con invocación del divino auxilio y de la gloriosa madre de Nuestro Redentor y caudillo, cuyo nombre se pretendía introducir entre las gentes.

Cuando los nuestros vieron el paso llano y que tenían ya la tierra por suya, salieron a un altillo que era barranca del río, y desde allí descubrieron una gran llanada con gran población de buenas casas, en las cuales se entraron sin resistencia por estar desamparadas de sus dueños, que eran aquellos indios que habían huido por temor, sin quedar hombre que no se escondiese. No se puede dejar aquí de contar de paso la manera por donde vinieron a tener personas que los guiasen por caminos tan fragosos, y sin sendas abiertas, no habiendo persona de las que traían de servicio que conociese la tierra.


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  • Documentos de la Revolución Cubana 1960 (Ciencias Sociales).
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Plugiese a Dios que su divino amor se aposesionase de las almas en tal intenso fuego cuanto se emprende del que las abrasa y destruye con la afición de la lascivia y avaricia; que no estuviera el mundo hecho Babilonia tan lastimosamente como hoy vemos. Llegó, en efecto, este indio a nuestro ejército al tiempo que estaba para salir de la ciudad Imperial, preguntando por el gobernador; se postró a sus pies ofreciéndose por su siervo y juntamente por su guía en todo aquel camino, hasta ponerle en el término que su señoría fuese servido.

En ésta se alojó el ejército, y por ser el lugar no menos cómodo que deleitable se estuvieron allí los españoles refocilando algunos días. Por esta causa hacían los nuestros poco caso de sus amenazas, no saliendo a ellas ni moviéndose deste lugar hasta que partió el ejército dél sin haber hecho ni recibido daño alguno.

Encendióse en gran coraje el gobernador en no poder pasar de la otra banda, por ser el río impertransible por aquel lugar, y así dio orden en que llegando la noche fuese el teniente general con cincuenta hombres badeando toda la laguna en redondo hasta dar con los enemigos para destruirlos. De esta suerte anduvieron estos pobrecillos aturdidos, sin ver por dónde andaban, hasta que aclaró el día, que les mostró su perdición, pues estaba el río tinto en sangre. Allí asentó el gobernador su campo con determinación de descansar algunos días, como lo hizo, edificando algunos aposentos de paja y ramadas en que se alojó toda la gente.

Viendo el Antonabal que no podía hacer otra cosa, se fué muy desconsolado de ver su hija en poder de quien él no quisiera sin poder remediarlo. Poco después llegó la gente que había ido a recoger mantenimientos, con grande abundancia de ellos; con lo cual lo pasaron bien algunos días.

DICIEMBRE 12222

Mas con todo eso, fueron tanto mayores los de aquellos pocos españoles con quien peleaban, que hubieron los indios de ir de vencida con pérdida de doscientos de los suyos. Mas como vieron que no había remedio de quitarle aquel color, lo enviaron libremente a los españoles, no queriendo irritarlos contra sí, antes quedando escarmentados acudieron el día siguiente a dar la paz, trayendo muy gran suma de ovejas, pescado, maíz y otras cosas de mantenimientos de lo que en su tierra había. Y pareciéndole que ya habría llegado a la ciudad de Santiago, le escribió prosiguiese el viaje con toda su gente para ayudarle en aquel descubrimiento que iba haciendo.

Este mandato recibió el general en Santiago, y en cumplimiento del se partió luego en busca del gobernador, sin parar en su viaje hasta que le dió alcance en el valle de Marquina, que es el lugar donde la historia llega. Había en ella cuando se le encomendó, pasados de treinta mil indios que le tributaban, y así llegaba la renta a cien mil pesos. En este tiempo andaban los indios deste valle dando traza secretamente en volver por su libertad, tomando armas contra los españoles, que se la defraudaban.

Serían los indios que vinieron a este asalto cosa de treinta mil, de los cuales murieron en la refriega hasta dos mil y quinientos, sin que de nuestra banda recibiese hombre detrimento alguno. Aquí estuvo nuestro campo la Pascua de Navidad, con ser en esta tierra tiempo caluroso, cuanto es frío en España; con todo eso, fué tanta la fuerza de las aguas y tempestades que había,que no pudo nuestra gente salir de allí hasta sentar algoel tiempo.

Pero, no obstante esto, envió el gobernador un hombre industrioso y diligente que descubriese lo que había en el contorno; el cual dio en unas grandes llanadas, tan llenas de poblaciones cuanto abundantes de sementeras de maíz, fréjoles, papas, quinua y otros granos y legumbres. Volvió el descubridor con esta nueva, diciendo ser tierra marítima; porque había visto muchas tuninas que subían por el río, de donde coligió claramente estar cerca la mar, como, en efecto, lo estaba. A esto les envió el gobernador a requerir de paz, y a persuadirles que no venía a hacerles daño, sino para mayor utilidad suya, pero ninguna razón fué bastante para que desistiesen de llevarlo por punta de lanza.

Noticias sobre Corrupción política | EL PAÍS

Por esta causa, hicieron los nuestros algunas balsas de enea y carrizo, en las cuales se metió Jerónimo de Aldérete con cincuenta hombres, llevando los caballos a nado, y desta suerte pasaron el río la víspera de la Epifanía del año de mil y quinientos y cincuenta y uno, y luego, el mesmo día por la mañana, pasó todo el ejército junto con la mesma traza. Luego que los españoles pasaron a la otra banda, descubrieron un gran pedazo de tierra, algo alta, como una loma, casi toda cercada de aquel río, donde tenían sus viviendas los naturales en razonables casas.

Luego los indios, habiéndose reportado, acudieron a sus presentes poniéndose a los pies del gobernador, el cual los recibió benignamente y les trató del fin de su venida, que era para propagar en ellos nuestra santa fe y otras cosas al tenor desto, y los regaló con algunas cosillas y en particular con tijeras y cuchillos y alguna chaquira, que es para ellos grande regalo. Y es en todo este río tan aventajado, que se puede contar entre los mejores que en el mundo se saben. Es la ciudad muy regalada de pescado, y no menos de mucho marisco, que sacan los indios entrando doce brazadas debajo del agua.

Es también de grande recreación el ver muchos brazos de ríos que vienen corriendo de diversas partes y llegan a la ciudad, que aunque son pequeños todavía andan a placer las canoas por ellos, lo cual es causa de que esté la ciudad muy bien servida y proveida, porque en las canoas traen los indios todo lo necesario, como es hierba, leña y muchos mantenimientos; y no menos deleite es ver entrar tantas canoas por aquellos ríos hasta llegar a las casas. Luego dio el gobernador orden en que se hiciese lista de todos los indios del distrito, los cuales estaban repartidos entre sí por cabíes, que quiere decir parcialidades, y cada cabí tenía cuatrocientos indios con su cacique.

Estos cabíes se dividían en otras compañías menores, que ellos llaman machullas, las cuales son de pocos indios y cada uno tiene un superior, aunque sujeto al señor que es cabeza del cabí. Llegando a esta provincia Alderete, no quiso pasar adelante, sino dar la vuelta a la ciudad a informar al gobernador de lo que había descubierto.

Habiendo rodeado Alderete toda esta tierra, fundó la de Villarica en el sitio que mejor le pareció, y fueron los primeros vecinos della don Martín de Avendaño, don Miguel de Velasco, Juan de Oviedo, Justo Téllez, Juan de Cereceda y algunos otros, que por todos fueron treinta, sin otros muchos soldados que quedaron allí para defensa del pueblo. Fundada esta villa y dado asiento a las casas della, se determinó el gobernador de dar orden en tener alguna quietud y descanso, y acabar ya con batallas, deseando enviar a España por su mujer, y juntamente dar noticia muy en particular a su majestad de todo el reino y lo que en él se había hecho; para esto puso los ojos en su teniente Jerónimo de Alderete, que le amaba mucho, con designio de bajar con él hasta la ciudad de Santiago, y de allí enviarle a España, y por esta causa no había querido encomendar los repartimientos de indios para tener que dar a los que con él viniesen de Castilla.


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No mucho después de su llegada, despachó a su teniente Jerónimo de Alderete para España; y con él a su cuñado Diego Nieto de Gaete, para que le trajesen a su mujer y con ella a la mujer y hijos del mesmo Diego Nieto y a sus nietos, que viniesen a gozar de lo que con tanto sudor había ganado; y para la expedición de todo esto buscó sesenta mil pesos de oro fino prestados para los gastos del camino, que es largo y trabajoso, como lo experimentan cada día todos los que pasan de España a estos reinos de Chile. El gobernador, que veía la tierra puesta en tan buen punto, determinó de tomar de veras lo que era descubrir minerales de oro, como el principal fin de algunas personas que pasaban deste reino.